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  • Roberto Granados

La fuerza del granizo




¿Alguna vez has sostenido una gota de agua? Al querer hacerlo, si acaso llegas a atraparla, ésta desaparece de forma instantánea. Se desvanece por la mano y se escurre casi sin dejar rastro. Hacerlo es frustrante, pero necesario, pues ayuda a entender que no todo en la vida puede ser almacenado. Yo lo viví hace ya un buen rato, cada que mi mamá gritaba “está granizando”.


Tendría cuatro o cinco años cuando el grito de mi mamá hacía latir mi corazón con intensidad. A mi hermana le pasaba lo mismo, o al menos eso me reflejaba cuando salía corriendo por el pasillo, dejando tirado a su ‘Pequeño Pony’ en el piso. Que mi hermana abandonara a su querido equino de plástico color verde —mi hermana no maltrata ni a los animales de juguete— era acción suficiente para saber que el llamado de la naturaleza, en forma de granizo, era prioritario.

Como buenos hermanos hacemos equipo. Nuestra complicidad, hasta la fecha vigente, tuvo uno de sus primeros albores gracias al granizo. Mientras ella corría a la cocina por una bolsa gigante de plástico, yo tomaba una escalera, me subía sólo al primer escalón y, desde ahí, mi mamá me ayudaba a abrir la ventana con cuidado. La misión era muy clara: juntar el agua congelada que caía desde el cielo para hacer muñecos de hielo. Eso quería mi hermana. En mi mente emprendedora la idea era otra: yo quería sacar la mano y sostener la bolsa para tener, en cuestión de minutos, materia prima para hacer raspados.


La ilusión de hacer muñecos de hielo en pleno verano o vender raspados en la banqueta, se terminaba en cuanto se acababa la lluvia y metíamos las manos. En la bolsa gigante de plástico no había más que agua, a veces hojas y en otras ocasiones hasta varas de árbol. A pesar del fracaso, esperábamos con ansias la siguiente tormenta para volver a intentarlo. El resultado no cambiaba tanto: mi mamá gritaba, mi hermana tomaba la bolsa, yo la escalera y frente a la ventana, con los brazos bien estirados, esperábamos. Nada pasaba.


La frustración jamás se apoderó de nuestra ilusión. En alguna ocasión opté por dejarle toda la responsabilidad de cuidar la bolsa a mi hermana. Siendo la mayor, confiaba plenamente —sigo confiando— en su capacidad de llevar la sartén por el mango. Cuando así sucedía, aprovechaba para correr a la ventana de mi cuarto y sacar los brazos. Tal vez sin una bolsa sea más fácil, pensaba. La experiencia sí cambiaba: en lugar de sólo mojarme los brazos, ahora por momentos sentía la fuerza del granizo en mis manos. La fuerza de la vida.


Me generaba mucha curiosidad ver cómo el granizo se desvanecía nada más hacer contacto con la palma de mi mano. Resignado, opté junto con mi hermana salir a la calle y, en lugar de agarrar el granizo, brincar en los charcos. Hacerlo era divertido y muy emocionante. El ritual comenzaba desde ponernos la impermeable, abrir el paraguas —el suyo rosa, el mío azul— y salir a la calle. Lo hacíamos con cuidado, dando pequeños pasos. Caminábamos tan cerca uno del otro que de los dos paraguas, uno ya estorbaba.


Nada más tomar confianza y los paraguas salían volando. Corríamos por la calle, sentíamos la lluvia, reíamos bajo un árbol, yo mojaba a mi hermana, y ella me empapaba de regreso. Si la suerte estaba de nuestro lado juntábamos todo el granizo en una esquina, mi hermana decía que eran bolas de helado, yo me imaginaba jugando béisbol en un estadio. No hacíamos muñecos de nieve, pero vaya que disfrutábamos.


Pasaron los años y, como era esperado, el granizo dejó de ser prioritario. En lugar de correr para abrir las ventanas ahora lo hacíamos para cerrarlas. Salir a la calle en medio de la tormenta sólo era opción si nos forzaba la situación. Sin embargo, esos primeros años de vida me dejaron una gran lección.

Primero agradecer, qué fortuna la mía tener una cómplice en la vida. La hermandad es la posibilidad de caminar con la seguridad de que, sin importar la tormenta, siempre tendrás un paraguas cercano. Después, aprender a aceptar, que no siempre las cosas salen como quieres, pero en cada oportunidad hay una posibilidad de hacerlo diferente. Finalmente, disfrutar. No se necesita de mucho para hacerlo, basta con tener la curiosidad despierta, la imaginación encendida y la capacidad de asombro insaciable para encontrar algo nuevo frente a cada situación. Avanzar por la vida con la sabiduría y prudencia que otorga la experiencia, sin perder de vista la inocencia que le da frescura a la existencia.


Nunca pudimos hacer muñecos de hielo urbanos o ganar un peso vendiendo raspados. Eso sí, cada que escucho el ruido del granizo contra la ventana aprovecho para recordarme que la vida está hecha para emocionarse, encontrar con quien hacer equipo e ilusionarse por lo ocurrido; cada que piso un charco —de vez en cuando vuelvo a brincar sobre él— entiendo que muchas experiencias de vida están hechas para ser compartidas; cada que la lluvia me sorprende sin paraguas, vuelvo a intentar sostener una gota de agua, y mientras ésta se me escurre por la mano, de nuevo ratifico: los únicos momentos vividos son los disfrutados.


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