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  • Roberto Granados

Las puertas de la memoria


Photo by Dil on Unsplash

Abrir puertas nos une. Podremos tener profundas divisiones políticas, distintas creencias espirituales y diversas escalas de valores; podremos disfrutar de la vida de formas totalmente opuestas y, desde luego, contar con diferentes gustos musicales. Sin embargo, todos, sin importar nacionalidad, generación u origen racial, sabemos lo que una puerta significa. Abrir puertas cuál denominador común de la compleja fórmula que define a los seres humanos.


Sin importar la forma, color o tamaño, todos sabemos lo que abrir y cerrar una puerta implica. Lo sabemos bien pues lo hacemos a diario. La puerta de la casa, del auto, de la oficina o la del baño. El significado de una puerta tiene que ver con lo que abre, y lo que cierra. Es una manera muy simple de entender la diferencia entre estar adentro o afuera. Ser incluido o excluido. No hace falta vivir muchos años para entender de rechazos.


Las puertas requieren de perspectiva. No es lo mismo abrirla y dar la bienvenida desde adentro, que tocar y esperar a ser recibido, desde afuera. El macabro juego de tener expectativas, en el que todos alguna vez hemos caído, se puede entender desde la simple y sencilla acción de abrir una puerta. Cruzar el umbral sin saber con certeza lo que sucederá. Así, con alguna expectativa, llegamos a la casa de nuestro mejor amigo, nos subimos al Uber, entramos por vez primera a la oficina del jefe o abordamos un avión. Para toda acción, alguna puerta debe ser cruzada.


Hay de acciones a acciones. Y de puertas a puertas. No es lo mismo abrir la puerta del baño para hacer lo necesario, que girar la perilla de la puerta del miedo —todos tenemos una — y descubrir lo que vive ahí dentro. Hay una gran diferencia entre ingresar a la casa de tu amigo con un par de cervezas listo para la fiesta, que buscar meterte a lo profundo de su mente con un par de preguntas que bien podrían desarmar la armadura de su corazón. De entre todas las puertas que podemos encontrar, hay otra en particular que todos llegamos a cruzar. Es una puerta disfrazada de una acción que parece simple, pero poderosa: escribir.


Escribir abre puertas. Con cada letra escrita, o tecleada, es posible ingresar a un caudal de emociones inesperadas. Desde atreverse a relatar algo que de viva voz no sería escuchado, hasta ponerse a describir situaciones que jamás pasaron. Desde escribirle una carta a una persona amada, hasta tomar un diario y plasmar, sin restricciones, lo que te está pasando. Lo emocionante de escribir es que obliga a ir cruzando puertas hasta que, inevitablemente, cada quien se encuentra con una puerta inmensa: la memoria.


Ahora que lo escribo, de frente a la puerta de mi memoria, me doy cuenta que ésta jamás se cierra. Es imposible ponerla bajo llave. Con cada acción vivida, o recordada, el picaporte de la memoria se activa dando paso a un universo infinito. En la memoria cabe todo, lo cual también resulta peligroso ¿cuántos recuerdos tendremos que, en realidad, jamás sucedieron, pero de alguna u otra forma siguen frenando nuestra experiencia? ¿Cuántos detalles guardamos que, aunque sí sucedieron, no nos permiten vivir el presente? Eso por un lado, porque del otro, la puerta de la memoria da acceso a una escalera descendente muy especial.


Cada peldaño una experiencia distinta que, en conjunto, va formando nuestro camino de vida. La magia de la memoria radica en su capacidad de transportarnos, en un instante, a otros lugares, con otras personas. ¿A qué escalón de tu memoria sueles acudir con frecuencia? Para la memoria, la distancia no se mide en metros, ésta se mide en otros términos ¿Cómo se mide la distancia? Puede medirse a través de una canción, una película, un sonido, un abrazo, una caricia, un libro, una frase, una voz, una sensación. Todo aquello que en un instante nos transporta. No necesitamos de un Delorean, ni viajar a 88 millas por hora, para adentrarnos en el laberinto de la memoria, que no es otra cosa que el laberinto de tu pasado.


Meterse a ese intrincado laberinto es delicado. Usar la llave de la nostalgia abre puertas de memorias entrañables; la llave de la valentía baja la manija de portales con memorias dolorosas; la llave de la curiosidad suele ir más profundo a memorias incómodas que, en su momento, definieron quién eras, y sorprendentemente se siguen haciendo presentes. Sin importar la llave, meterse por las puertas de la memoria trae consigo el riesgo de perderse.


Perderse en este caso significa hacer de los recuerdos una constante de vida: vivir el presente regidos por situaciones extintas, pero que siguen influyendo el día a día. Es como seguir escondido en la trinchera, cuando la guerra terminó hace una década. Paradójicamente, la única forma de dejar la trinchera es bajar por los escalones de la memoria y abrir puertas, con el riesgo de extraviarse, pero con la confianza de portar una lámpara, llamada conciencia, capaz de iluminar el camino de vuelta. Regresar actualizado, honrando lo vivido, pero consciente de que aquello que pasó, no tiene por qué determinar lo que sucede hoy.


La próxima vez que cruces un umbral, recuerda que todos andamos abriendo y cerrando puertas. La siguiente ocasión que una canción, un olor o una sensación recorte la distancia y te lleve de vuelta al pasado, aprovecha para cuestionarte si ese recuerdo te permite estar atento a lo que sucede aquí y ahora. Y cuando tengas una duda que no te permita avanzar,

cruza la puerta de tu casa, de afuera hacia adentro, y con la sensación placentera que surge cada que vuelves al hogar, recorta la distancia, esta vez entre las dudas y tu corazón y con ayuda de la intuición toma la mejor decisión.


Abrir puertas nos une, y cerrarlas también. Sólo cerrando ciclos es posible ir atentos a lo que sucede en el camino.


#puertas #memoria

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